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PARAÍSO TERRENAL DE RICARDO LLOPESA

PARAÍSO TERRENAL DE RICARDO LLOPESA

 

Pedro Gandía / La Prensa Literaria, Managua (Nicaragua) ― 20/05/1996

 

 

            Paraíso terrenal (Instituto de Estudios Modernistas, Valencia, 1996), el último poemario publicado de Ricardo Llopesa (Masaya, Nicaragua, 1948), es un libro escrito en 1985, una alegoría en torno al tema del alcohol, treinta poemas como páginas de una vida. O lo que se sabe del vivir, desde la resaca.

            Las sociedades de bebedores de antaño, cuando la ortodoxia pesaba en exceso, eran asilo y refugio de las inteligencias libres. En las tabernas se reúnen a beber los desengañados, se lee en “Recinto de la ebriedad”.

            La embriaguez es un acto de libertad por el que el ser humano se libra de la desilusión y la melancolía, haciendo de la existencia el momento perfecto.

            La sabiduría es la resaca de lo real, de vuelta al olvido. Los versos de Paraíso terrenal están escritos desde la resaca de la vida, en la hora en que Homero cantaba el mar, del color de vino.

            De vuelta del paraíso, las palabras se tornan enigmáticas. Es lo enigmático de lo elemental, de la verdad más profunda. Llopesa desvela lo real en sus versos, y sus palabras fluyen como un manantial de montaña.

            Paraíso terrenal revela la sabiduría de la existencia, del ser ante la muerte. Aquí se escucha la verdad completamente humana del maestro, le coeur mis à nu, dirigiéndose al hipócrita lector, su semejante, su hermano. Y hay, al final del libro, un salud a Baudelaire, al poeta de Los paraísos artificiales, del vino y del hachís, para quien <<la vraie realité n’est que dans les rêves>>.

            Para Llopesa, es el alcohol lo que conduce al sueño. En “Herencia”, el poema con que se abre el libro, se nos dice que somos hijos de la diosa ebriedad /y el dios Vino. El poeta lo afirma desde su malditismo, del que nos hace a todos partícipes tendidos sobre la mullida alfombra del vicio. En “El encanto de la nodriza”, la mítica progenitora convierte la cebada en cerveza para alimentar de sueño la libertad del hombre, una libertad de orígenes. El poeta vuelve a insistir, en “Antesala del Paraíso”, en que es el vino, el líquido transparente del sueño, lo que nos conecta con el origen: cuando ellos bebían / soñaban con nuestros antepasados. Y el hombre, por el alcohol, alcanza el Corazón del cielo.

            La tristeza, la amargura que procura el sentimiento de la vida como espacio fatal, quedan abolidas por el alcohol. Es más bello ver pasar el mundo / con los ojos iluminados de la ebriedad, son versos de “El ángel ciego”. Y, en “Conjunción de los cuerpos”, se nos dice que el alcohol transforma la vida en paraíso terrenal, en festín dionisíaco / en orgía envidiada por el mismo Ptolomeo.

            Es este un poemario de antesala, con la lucidez de quien siente la precariedad de la existencia y ansía el olvido absoluto, el olvidar el olvido de su verso. El hombre es hombre porque tiene el olvido. Se trata de la sabiduría de los orígenes.

            Beber es soñar, o volar, en Llopesa. El aqua vitae o “espíritu de sabiduría” del poema “Similitud del origen”. Y el poeta, que sabe la magia, regresa a sus ancestros, con el alcohol, in vino veritas, como metáfora. Metáfora que nos desvía al paraíso terrenal, donde el hombre fue dios creador para engendrarse en el otro. Narciso recreándose en un lago de alcohol para olvidarse en el otro, para olvidar al otro.

            El sujeto poemático de Paraíso terrenal expresa de continuo ese redde mihi laetitia del olvido. Y es su lucha existencial lo que le lleva a agarrarse y desasirse de la vida como un adolescente indisciplinado, como el poeta.

            No falta en el libro la referencia sociopolítica. El poeta se representa prisionero en una enorme prisión con guardias, / con espías, con policías, con detectives privados. Es el estado policial de un fascismo nuevo, como maquillaje democrático, del poema “Martes Trece”.

            Desde la metáfora, y contra la metáfora y la posibilidad de alegoría, el alcohol es la luz. El poeta que viene de una tierra mágica con tres volcanes de oro, de un paraíso terrenal perdido, siempre extranjero aun dentro de sí mismo, nos muestra la verdad más simple cuando nada se recuerda. El alcohol como vía de conocimiento, conocimiento del no conocimiento, olvidar el olvido, la luz de la verdad.

            En el poema “La embriaguez” es Rabelais quien habla: la embriaguez es mirar las cosas con ojos de niño; / es advertir el futuro desde el recuerdo, / contemplando, al mismo tiempo el olvido.

            La embriaguez es un don que nos viene de los dioses: Bebo antes que tú para darte ejemplo; te invito a beber, es una cita de la tradición antigua griega para el poema neoparnasiano “Los hijos del Olimpo”, donde Zeus bebe el delicioso vino joven de Dionisos y cae ebrio sobre el polvo vaporoso del sueño.

            Paraíso terrenal está en la tradición del carpe diem, en la línea de la filosofía de los sentidos  de Omar Kheyyam, aquellos versos de goza de la bebida / porque el Destino te llevará a la Nada.

            Hay una exhortación martilleando a la bebida, a alcanzar el paraíso. No es otro el único consejo del libro de quien es fiel al alcohol hasta la muerte. En el poema “Consejo a un adolescente”, el poeta exhorta al que estrena la vida: Date prisa, muchacho, / apresúrate a beber el vino de Ispahán, / el vino espiritoso de Marsala, el napolitano Lacryma christi / que la muerte sólo se lleva contigo / el delirio de lo vivido. Es el vino verdadero y perfumado, y no el vivo ficticio, el que ha de gustarse.

            Se cuenta, como anécdota que ilustra la incultura de ciertos poderes, que al libro se le negó el premio “Vicente Gaos” del Ayuntamiento de Valencia por estimar que incitaba a la bebida a los jóvenes.

            Béquer tenía alegre la tristeza y triste el vino. Llopesa, con el alcohol, se libera de la tristeza. La borrachera es el lugar del Gaudium. ¡He bebido tanto! / Quizá por eso sienta libre mi espíritu, nos dice en “Evocación de la tristeza”.

            El poemario está dedicado a los poetas que habitaron el Paraíso terrenal de la embriaguez. Y se cierra con un “Brindis”, una larga lista de poetas, maestros, genios, beodos divinos, / hijos del Olimpo y hermanos de los dioses.

            Ricardo Llopesa ha robado el divino secreto de la embriaguez para desvelarlo en sus versos, desde la resaca, arropado por una mitología de mestizaje, mitología precolombina (Tzacol, Bitol, Qaholara) y griega (Zeus, Dionisos), con la Hidra, Agamenón, Dante y el poderoso Thor entremezclados, en Managua, en San José, / en París, en Tegucigalpa, en Madrid.

            A la manera del Johnny Carter de Cortázar con la música, el poeta dilata el instante con el alcohol para gozar la eternidad de los sentidos, borrado todo límite. Porque el instante es eterno y verdadero en su caducidad. <<El nombre de la estrella es Ajenjo>>, lo dice Charlie Parker, o <<Esto lo estoy tocando mañana>>.

            La vida es demasiado breve. Lo dice Llopesa con el título de su primer poemario, La vida breve (1994); un barrido de cámara ante el paisaje de lo vivido, recuerdos de vida.

            Este es el poemario de un maldito, idólatra del placer del olvido. Las prostitutas son las diosas del amor, las diosas del vicio, las diosas del placer divino en “Los burdeles de Masaya”. Frente a una sociedad cada vez más light, el poeta reivindica el placer sensorial desde el lado salvaje de la existencia. Porque el tiempo, dilatado por la voluptuosidad, sea eternamente presente. O, aniquilado, no sea.

            Pero Llopesa es, ante todo, un maldito porque hace de la belleza la corrupción de la forma, se entrega a la autodestrucción, por un acto de amor a los orígenes, para alcanzar el no-ser. Y lo dice con una lucidez excesiva: la vida si breve es más bella / si es emblema de corrupción de la materia.

            Los versos de Paraíso terrenal son los de un inspirado: el chorro de la luz dicta / las líneas de la escritura. Son los versos de quien ha gustado la eternidad del instante. Lo dice en el poema “Eternidad”: Todo tiempo bueno / exige un buen trago de guaro / donde la eternidad se edifique. La eternidad como la nada, el paraíso terrenal.

            Tú estás a mitad del camino, sigue, bebe. Es la línea de salida de Dante en la Comedia. <<Dans le texte, mais non dans l’oeuvre>>, diría Roland Barthes. En Llopesa, sí; en la obra también, en la vida. El poeta se enfrenta aquí, sin miedo, a la verdad del origen.