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BAJO UNA LUZ ANTIGUA

BAJO UNA LUZ ANTIGUA

Pedro Gandía

SINOPSIS

En los cuatro textos alegóricos de que consta este poemario en prosa, fechados entre 1973 y 1976, se codifican los temas recurrentes del universo poético del autor, a la vez que se configuran las claves por las que acceder a ese espacio ficticio: la androginia, la liberación del engaño de los sentidos, la mística de la nada en un juego de dualidades y la profanación de lo sacro en aras de una estética del mal. Lo componen los títulos Sin conocer tu nombre o el ángel más hermoso, visión de un luminoso adolescente; Poema de un amor que pasó con las nubes, cuya historia amorosa es un juego de iguales y cuya atracción no se apoya en seducción alguna, no interrumpe soledades ni funda comunicación positiva: es esa atracción por el vacío que uno ve de sí mismo en el otro; De la sierpe que enciende el véspero del espejo, representación mística en la que la muerte de la alegoría, o sus cenizas, se sueña como el “blanco”, ese silencio lleno de posibilidades según la teosofía o el espiritual Kandinski, homenaje a André Gide entre Les cahiers d’André Walter y Amyntas ; Bajo una luz antigua, que da título al conjunto, muestra al cruel y bárbaro y vengativo y sanguinario dios de un pueblo que siempre se ha creído elegido para exterminar, valiéndose de historias bíblicas como alegato contra las religiones monoteístas que vienen del desierto, masacrando e imponiendo a sus seguidores la conciencia de sus actos y el poder de juzgar.

 

 

Ilustración de portada: Pedro Gandía, Arcángel

Editorial: Ediciones Aitana, col. “Tabarca”, n. 8, 1994, Altea (España)

ISBN: 84-86156-32-7

79 pp.

 

 

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POEMAS

LA TIERRA SE LLENÓ DE VIOLENCIAS

Jóvenes criminales de belleza excesiva saquean los aposentos de la reina: hachan su maderamen de sicómoro, arrancan las láminas doradas del techo y de los muros, desgarran sus estofas, trituran sus coseletes y gorjales engastados en joyas únicas…

            El palacio es un laberinto de obeliscos encantados, pozos de insaciables maleficios, armas venenosas bajo un cielo estancado donde flotan deletéreas estrellas.

            Los chambelanes bailan desnudos en los lascivos ojos del rey. En tanto, uno le pinta de oro las uñas, otro derrama deliciosos perfumes sobre su cabeza, otro le riza el vello de la pelvis.

            <<¡Qué nuestro señor despedace a la reina con sus colmillos y zarpas de león!>>, le suplican excitándolo.

            Cuando el monarca se disponía a poseerlos, una lluvia torrencial se abatió sobre su rostro.

            Toda carne tenía una conducta perversa sobre la tierra.

HACIA EL ÉXODO

            Plegarias y gritos de socorro se elevan, tal columnas flamígeras, desde lo más profundo de la tierra hasta más allá de la bóveda celeste y, cual picas sangrientas, se clavan a los pies del que duerme olvidado de su obra.

 

            El dios mira con somnolencia hacia abajo; contempla prosternados a sus elegidos, llagadas las espaldas por el sol y los látigos. De pronto se despereza violentamente, se reviste de llamas, desciende como lluvia de fuego hasta el monte. De espaldas a su siervo, le ordena descalzarse. Su voz enfebrece, arremolina, retuerce con ira inextinguible la zarza que lo expresa. Obliga al siervo a sacudir la esclavitud de su pueblo, a conducirlo a los manantiales de miel y leche y le entrega un cayado.

 

            El emisario se presenta ante el poderoso, pide sacar a las arenas a su pueblo para festejar al dios de sus padres. El Hijo del Sol hace oídos sordos a sus súplicas. Entonces, la vieja bestia de los cielos confiere encantamientos a su siervo y lo empuja, con rabia espumeante, contra el palacio del opresor, desmayado sobre telas preciosas, entre los brazos de sus hetairas.

 

            Mientras racionalismos axiales se mezclan con licores exquisitos en los paladares de los príncipes, cortesanos y magos, la ira del que habita la altura, roja como una herida abierta, se desborda en diez torrentes, se precipita en diez venganzas, contra el presente fabuloso del país.

 

            En las salas hipóstilas, las humaredas de los pebeteros semejan fastuosos espíritus aventando la flor de los agróstides. No se deja de hablar de talismanes, de severas aritméticas, de reprimir toda innovación. Fuera, bajo el fuego lustral, se ejecuta en el fango.

 

            Cuando el enviado arroja su bastón frente a los pétreos leones, una sierpe se desliza hacia el pavoroso enemigo. El pavimento de granito se torna inseguro, y el ámbito deviene silenciosa mastaba. Una brisa premonitoria refresca el rostro de los oprimidos; en viento huracanado, arranca los flagelos de las fieras manos de los capataces. Pero cuando los sacerdotes consiguen de igual modo, con sus fórmulas mágicas, que sus bastones repten, el Uraeus real se regocija en su hieratismo, y los magnates, dando la espalda con indiferencia a la función, retoman sus teorías astronómicas y de geometría, sus números, las cinturas desnudas de sus bailarinas y coperos, brillantes y escurridizas por el ungüento de malobrato.

 

            Deslumbrantes como un klaft, las esplendorosas cobras sacerdotales cercan a la del enviado, pero esta, de súbito, se abalanza como rayo, como mar proceloso y las engulle. Luego danza elegante y victoriosa ante los ojos confundidos de los curiosos, para tornar después a la primitiva forma de bastón, en la mano callosa y firme de su dueño.

SOBRE LA OBRA

"Pedro Gandía, entre la mística de la nada y la estética del mal" por Miguel Romaguera, DIARIO MÁLAGA-COSTA DEL SOL - 30/04/1995

La andadura poética de Pedro Gandía (1953), también pintor y fotógrafo, se remonta a 1973 con la publicación de Sábana Blanca–Sábana Negra que ha rechazado de su bibliografía. Su segundo libro, Cacería, escrito en 1973, ve la luz diez años más tarde; un experimento formal de ritmos y sonidos a la sombra de Góngora. Ese mismo año, publica Tríptico del Tiempo, la Belleza y la Muerte, escrito entre 1974 y 1976, donde la cultura clásica griega, que al poeta le corresponde por su ascendencia materna, y sus lecturas de los parnasianos y simbolistas franceses, de sus estancias en París en estos años, marcan el poemario. Columnata aparece en 1990; cuatro largas odas escritas entre sus dos anteriores libros, en alejandrinos “muy antiguos y muy modernos”, parafraseando a Darío. Y, finalmente, Amuatar, escrito entre 1977 y 1980 y publicado en 1992, el ser alquimista, agnóstico, místico, el andrógino que afirma la unión de los contrarios y el misterio de la totalidad del ser, y todo ello también en bellos alejandrinos sobrecargados de imágenes.

Pedro Gandía es un esteta que gusta de rescribir durante muchos años sus obras antes de darlas a la imprenta, y así lo testifica este poemario en prosa que nos ocupa, Bajo una luz antigua, escrito entre 1973 y 1976. La entrega consta de cuatro textos marcadamente alegóricos donde se nos revelan las claves de su universo poético. En el primero, <<Sin conocer tu nombre o El ángel más hermoso>>, un ser adolescente de belleza andrógina se constituye en objeto poemático. Crónica sentimental y fría de una historia amorosa conclusa es el segundo texto, Poema de un amor que pasó con las nubes… El tercero, De la sierpe que enciende el véspero del espejo, configura una recurrencia obsesiva de este poeta: el juego del espejo desde la mística de la nada. El libro se cierra con el texto que da título al conjunto, Bajo una luz antigua, una recreación de lecturas bíblicas en tono decadente y en aras de una estética del mal. Pedro Gandía completa y cierra con estelibro el ciclo de su obra poética de los años setenta, la única que se ha decidido a publicar hasta ahora; una obra que, en palabras recientes suyas, reivindica el acto de escritura <<como una bella mentira, juego de regresión al caos original de donde ha de surgir una realidad nueva>>.