{"id":24166,"date":"1991-07-20T18:37:08","date_gmt":"1991-07-20T16:37:08","guid":{"rendered":"https:\/\/www.pedro-gandia.com\/el-conocimiento-del-no-conocimiento\/"},"modified":"2017-09-22T20:34:30","modified_gmt":"2017-09-22T18:34:30","slug":"el-conocimiento-del-no-conocimiento","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.pedro-gandia.com\/en\/el-conocimiento-del-no-conocimiento\/","title":{"rendered":"EL CONOCIMIENTO DEL NO CONOCIMIENTO"},"content":{"rendered":"<div class=\"wpb-content-wrapper\"><p>[vc_row row_type=&#8221;row&#8221; use_row_as_full_screen_section=&#8221;no&#8221; type=&#8221;full_width&#8221; text_align=&#8221;left&#8221; background_animation=&#8221;none&#8221; css_animation=&#8221;&#8221;][vc_column][vc_column_text]EL CONOCIMIENTO DEL NO CONOCIMIENTO<\/p>\n<p>\u2015El discurso amoroso de Juan Gil-Albert\u2015<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Pedro Gand\u00eda \/ <em>El Mono-Gr\u00e1fico<\/em>, n. 9, Valencia (Espa\u00f1a) \u2015 <strong>1991<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u201cPorque amar, verdaderamente, consiste en centrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d. Esta definici\u00f3n lapidaria de la acci\u00f3n amorosa se repite casi id\u00e9ntica en tres novelas de Juan Gil-Albert \u2015<em>Valent\u00edn <\/em>(1974), <em>Los arc\u00e1ngeles<\/em> (1981) y <em>Tobeyo o Del Amor <\/em>(1990)\u2015, y no de un modo fortuito sino como el engranaje ideol\u00f3gico que las conjunta para constituir su trilog\u00eda del amor<a href=\"#_edn1\" name=\"_ednref1\">[1]<\/a> Aquello que se advierte en la nota liminar de <em>Valent\u00edn<\/em> puede extenderse tambi\u00e9n a las otras dos obras: lo que se cuenta en ellas se eleva a la categor\u00eda de tratado amoroso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 En cada una de estas obras, el lector comprueba que los hechos se reconstruyen exclusivamente para la reflexi\u00f3n del sujeto amoroso, cuyo modo de recibir placer lo ennoblece. As\u00ed, tras leer unos versos de Teognis de Megara sobre quienes \u201chacen el amor a los j\u00f3venes\u201d, Claudio, el alter-ego del autor de <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, nos confiesa: \u201c[\u2026] tales palabras [\u2026] Me dan el ser. Un ser con su sentido propio, con sus nexos latentes en los arcanos de la materia, del soma, como ellos dir\u00edan, para reaparecer despu\u00e9s, como si desde\u00f1ara el proceder de estadios intermedios, en las cimas de la vida espiritual, de la <em>psike<\/em>, seg\u00fan su expresi\u00f3n, en la cumbre, enigm\u00e1ticamente luminosa, de los que se llama la alta cultura. Esto es lo que me centra, saber que soy; como un sentido, con un sentido tan ambicioso, aunque se me niegue el hacer part\u00edcipe a los dem\u00e1s de mi sentimiento<a href=\"#_edn2\" name=\"_ednref2\">[2]<\/a>. Los mismos versos de Teognis vuelven a sonar en <em>Tobeyo o Del Amor<\/em>: \u201cUna tarde, frente a dos tazas de t\u00e9, en casa de Magda, \u00e9sta le ley\u00f3 los fragmentos\u00a0 de un poema griego que acababa de traducir y que pens\u00f3 que le iba a Claudio como anillo al dedo. La versi\u00f3n entre liberal y libre, balbuceante, debido a que Magda no quer\u00eda al pulirla correr el riesgo de que se evaporara su esencia, dec\u00eda as\u00ed: \u201cSobre el cuello de los que hacen el amor a los muchachos pesa siempre el yugo de un infortunio, testimonio doloroso de su hospitalidad excedida. Porque buscar afanosamente el amor de un joven es tal como poner la mano sobre una hoguera de sarmientos\u201d (Teognis de Megara). El efecto fue sorprendente. Claudio no se entristeci\u00f3, se exalt\u00f3. Esa prohibici\u00f3n que parec\u00eda confesarse\u00a0 dada la dificultad del proyecto: atraer a un joven, retenerlo, poner la mano sobre \u00e9l, alumbraba en Claudio la oscuridad del camino emprendido\u201d<a href=\"#_edn3\" name=\"_ednref3\">[3]<\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Al igual que la de Montaigne, la obra gil-albertiana est\u00e1 marcada por el yo, un yo fiel a s\u00ed mismo que defiende, desde la marginalidad, su libertad de ser distinto para alcanzar, con la raz\u00f3n, una raz\u00f3n de amor, el conocimiento del ser como realidad \u00faltima. Es la suya, pues, una rebeld\u00eda contra lo dispuesto, a favor de su particularidad, que no genera un <em>pathos<\/em> sino sabidur\u00eda. El conocimiento es la luz, la luz del ser. Esta experiencia lum\u00ednica tiene en Gil-Albert un valor metaf\u00edsico. Se aspira a una iluminaci\u00f3n intelectual por la que asumir una conciencia c\u00f3smica. El universo al que se abre, por la experiencia con la luz, trasciende el universo profano.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Gil-Albert elige el amor como v\u00eda cognitiva y, en ello, pone toda su vida<a href=\"#_edn4\" name=\"_ednref4\">[4]<\/a>. En el cap\u00edtulo primero de <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, de reflexiva hondura, Claudio se dirige a s\u00ed mismo una serie de preguntas asertivas: \u201c\u00bfPara mi el amor ha sido una experiencia o el hallazgo genuino que requer\u00eda para mi naturaleza la comprensi\u00f3n del mundo? \u00bfY, m\u00e1s a\u00fan, de la vida misma, considerada en una estricta realidad esencial? S\u00ed, partamos de este punto\u2026\u201d<a href=\"#_edn5\" name=\"_ednref5\">[5]<\/a> Y en <em>Tobeyo o Del Amor<\/em> se nos dice que Claudio: \u201cSufr\u00eda, entonces, como cualquier enamorado, pero no exactamente del mismo modo, por lo que \u00e9l, sin saberlo enteramente, buscaba, m\u00e1s que la posesi\u00f3n, el conocimiento\u201d<a href=\"#_edn6\" name=\"_ednref6\">[6]<\/a><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 El racionalismo gil-albertiano est\u00e1 fundamentado en lo po\u00e9tico. Se trata de un racionalismo espiritual que entra en el ser, que se entra\u00f1a en su propia historia para transparentarlo. Gil-Albert tiene vocaci\u00f3n de transparencia, la transparencia de la verdad, por esa raz\u00f3n de amor ya apuntada. Su pensar es, ante todo, un descifrar lo que siente. Se consumar\u00eda as\u00ed el doble tr\u00e1nsito entre el posesionarse de <em>su<\/em> vida y la posesi\u00f3n que la vida logra de la existencia al ser pose\u00edda. Posesi\u00f3n que es uni\u00f3n en el amor como conocimiento. Todo cuanto Gil-Albert conozca ser\u00e1 por el amor, y todo cuanto ame ser\u00e1 por el conocer amando. La b\u00fasqueda de la verdad es un acto amoroso donde el pensamiento rescata la experiencia del mito y del cosmos. Es, por ello, la suya una voz cargada de nostalgia de una \u00e9poca ideal espec\u00edfica: \u201c\u2026 aquel mundo hel\u00e9nico antes de Cristo y antes, por tanto, de S\u00f3crates y de Plat\u00f3n, un mundo en el que el vigor humano [\u2026] hab\u00eda vivido una etapa feliz en la que lo f\u00edsico y lo ps\u00edquico sonaron en un acorde irrepetible antes de quedar desligados, definitivamente, en dos notas distintas\u201d<a href=\"#_edn7\" name=\"_ednref7\">[7]<\/a> Exiliado de aquel mundo m\u00edtico, el amante gil-albertiano necesita elevar al objeto amado a la categor\u00eda de mito para comprender el mundo, alcanzar el conocimiento y armonizarse con el Cosmos. Se trata de un valimiento aleg\u00f3rico, de <em>coincidencia oppositorum<\/em><a href=\"#_edn8\" name=\"_ednref8\">[8]<\/a><em>, <\/em>donde el amante y el amado se corresponden con lo f\u00edsico y lo ps\u00edquico, esp\u00edritu y materia que, \u201ccon-centrados\u201d, constituyen el yo-ser. Y as\u00ed se apunta en el cap\u00edtulo primero de la par\u00e1bola <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, que se abre con el soliloquio, de cierto tono budista, del que entresacamos: \u201c\u00bfA qui\u00e9n me busco, a m\u00ed mismo? S\u00ed, a m\u00ed mismo, ya que lo otro calla, se me aparta, se me reduce a lo inexistente [\u2026] S\u00ed, concentr\u00e9monos, me digo, alma m\u00eda; concentr\u00e9monos t\u00fa y yo, que soy tu cuerpo [\u2026] yo en ti, t\u00fa en m\u00ed: como amantes perfectos\u201d<a href=\"#_edn9\" name=\"_ednref9\">[9]<\/a> Hay en Gil-Albert una tendencia del esp\u00edritu a regresar al uno-todo. Con esta invocaci\u00f3n ritual de la integraci\u00f3n del esp\u00edritu y la materia se persigue la obtenci\u00f3n de una unidad-totalidad, de alcanzar la realidad absoluta. Y, al final de la obra, se precisa y resume lo ya apuntado: \u201cYo soy el amigo y el amante, mi misma proyecci\u00f3n. Lo dem\u00e1s son las brisas pasajeras que el mundo y sus criaturas nos env\u00edan\u201d<a href=\"#_edn10\" name=\"_ednref10\">[10]<\/a>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Gil-Albert alcanza la l\u00f3gica del coraz\u00f3n o la l\u00f3gica de las entra\u00f1as por su entendimiento consigo mismo. A la manera del Zaratustra nietzscheano, penetra en los \u00ednferos de sus propias entra\u00f1as, un viaje al interior de s\u00ed mismo que le hace comprender mejor su relaci\u00f3n con el exterior. Y as\u00ed descubre que pensar (razonar) en aprender a salir de nosotros, a trascendernos en busca de lo que nos trasciende, que, de alg\u00fan modo, est\u00e1 en nosotros mismos. Y es la trascendencia de \u201cdentro\u201d, la de las \u201coscuras cavernas del sentido\u201d que dir\u00eda Lezama Lima, la huella de la plenitud primigenia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Gil-Albert est\u00e1 condenado a amar, una \u201ccondena\u201d cifrada en el fondo de lo humano y del cosmos. El hombre est\u00e1 condenado a amar por su propia condici\u00f3n deficitaria, que, sentida o pensada, lo lleva a sobreponerse y sobrepasar ese d\u00e9ficit primario, a padecer su propia trascendencia rebasando, siempre a medias, la carencia, separaci\u00f3n o alejamiento de lo divino.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 El objeto amoroso gil-albertiano se manifiesta en unas coordenadas afines a la metaf\u00edsica panindia de la luz, para la cual la divinidad se revela mediante esta, los seres m\u00e1s puros la irradian, y la cosmogon\u00eda es equiparable a una epifan\u00eda luminosa; dicho de otro modo: los dioses y los hombres resplandecen cuando se identifican con la realidad \u00faltima, con el ser. As\u00ed, por ejemplo, es visto Valent\u00edn por Richard en la campi\u00f1a toscana: \u201cCuando lo vi aquel d\u00eda desnudo, en medio del agua, tuve la impresi\u00f3n de que contemplaba, en su marco apropiado, la figura de un dios; la impresi\u00f3n, casi dolorosa, de encontrarme en presencia de un mandato, de una s\u00fabita humillaci\u00f3n, s\u00ed, de algo resplandeciente pero avasallador y que, como un magn\u00e9tico empuje, dispon\u00eda de m\u00ed paralizando mi voluntad\u201d<a href=\"#_edn11\" name=\"_ednref11\">[11]<\/a> ; o despu\u00e9s: \u201cEse halo que circunscrib\u00eda la figura de Valent\u00edn lo acompa\u00f1aba; era el reflejo de su encanto personal en la luz que lo envolv\u00eda y que no se sab\u00eda bien si era externa o emanaba de \u00e9l\u201d<a href=\"#_edn12\" name=\"_ednref12\">[12]<\/a>. El feliz encuentro de Claudio con Miguel, en el pinar, se corresponde igualmente con una teofan\u00eda de un resplandor deslumbrante: \u201cCasi en el acto se volvi\u00f3 y su rostro, sonrosado por el ejercicio, aparec\u00eda con tanta luz que no se acertaba a entresacar sus rasgos y s\u00ed s\u00f3lo el resplandor de su expresividad\u201d<a href=\"#_edn13\" name=\"_ednref13\">[13]<\/a> Y, si Claudio lo rememora, lo ve representado como una estrella ben\u00e9fica y exclama: \u201c\u2026 cuando surge, en alg\u00fan momento de silencio, como en las tardes tranquilas de junio, me retardo en su contemplaci\u00f3n sabedor de que sus rayos me infunden calor, de que su culto me ennoblece\u201d<a href=\"#_edn14\" name=\"_ednref14\">[14]<\/a>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Es, sin embargo, el personaje de Tobeyo quien configura, de un modo m\u00e1s preciso e insistente, la estatua luminosa del amor, del amor como conocimiento. Claudio lo rememora as\u00ed: \u201cTobeyo fue un signo del Zod\u00edaco por el que yo pas\u00e9 un d\u00eda. Brill\u00f3 entonces con luz propia que no quiere decir que se haya extinguido, pero s\u00ed que ha ido a ocupar, en su distancia, el lugar definitivo que le corresponde, por as\u00ed decirlo, el de su perennidad\u201d<a href=\"#_edn15\" name=\"_ednref15\">[15]<\/a>. Contemplando a Tobeyo, Claudio \u201cbeb\u00eda con sus ojos, como otro vino, el fulgor de aquella imagen viva\u201d<a href=\"#_edn16\" name=\"_ednref16\">[16]<\/a>. A veces lo compara con el sol: \u201cTobeyo era el sol nocturno\u201d<a href=\"#_edn17\" name=\"_ednref17\">[17]<\/a>. Otras, con la divinidad misma: \u201cClaudio descubri\u00f3 abajo, en el claustro, a Tobeyo que, llegado a la capital, nos buscaba. Durante aquellos tres d\u00edas los vi vivir juntos. Claudio absorto, como si hubiera entrado en contacto con la divinidad\u201d<a href=\"#_edn18\" name=\"_ednref18\">[18]<\/a>. Y es que \u201cpara Claudio, Tobeyo obr\u00f3 como un hecho vivo en forma humana y que nos revela, con su presencia, una verdad; una verdad plena, y deslumbrante, sin dejar de ser oscura. Por llamarlo con el mismo vocablo favorito de Claudio: un dios\u201d<a href=\"#_edn19\" name=\"_ednref19\">[19]<\/a>. Y, cuando Claudio rememora al joven barman mexicano, est\u00e1 contemplando a un \u201cTobeyo-\u00cddolo en su altar de botellas-relicarios\u201d<a href=\"#_edn20\" name=\"_ednref20\">[20]<\/a>; pues, en el recuerdo, \u201cTobeyo se hab\u00eda convertido, a su altura de dos mil metros, en medio de los Oc\u00e9anos, en un \u00eddolo. No en una religi\u00f3n frustrada, en un mito perpetuado ya pero incomunicable. Como todo lo que se ador\u00f3. Y que, estatuario, sigue exigi\u00e9ndonos las muestras del culto\u201d<a href=\"#_edn21\" name=\"_ednref21\">[21]<\/a>. Mito incomunicable y verdadero: eso es en lo que, definitivamente, se ha transformado la verdad del amor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Con el calificativo \u201cincomunicable\u201d, Gil-Albert est\u00e1 atribuyendo al amor una cualidad m\u00edstica, desde una \u00f3ptica socr\u00e1tica y no cristiana. Y as\u00ed lo ratifica en <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>: \u201cEl Amor es una invenci\u00f3n m\u00edstica. El amor no f\u00edsico. Que procede, seguramente, de lo f\u00edsico, pero que se ha visto obligado a sustituir la fecundaci\u00f3n de otra especie, mucho m\u00e1s extra\u00f1a, de fertilidad. Toda nuestra cultura amorosa procede de Plat\u00f3n, \u00edntegramente. La Provenza es su escuela europea, y Dante un aprovechado disc\u00edpulo plat\u00f3nico\u201d<a href=\"#_edn22\" name=\"_ednref22\">[22]<\/a>. En cuanto al calificativo \u201cverdadero\u201d, ha de tenerse en cuenta que, para Gil-Albert, \u201cTodo lo verdaderamente verdadero de la vida es m\u00edtico\u201d<a href=\"#_edn23\" name=\"_ednref23\">[23]<\/a>; esto, evidentemente, es verdad en una perspectiva trascendental y atemporal.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 En Gil-Albert, pues, la reflexi\u00f3n amorosa flota hacia lo alto. Producto de esta interiorizaci\u00f3n, de esta reflexi\u00f3n sobre el ser, sobre la realidad \u00faltima, es la luz del ser amado. As\u00ed, para el amante gil-albertiano, ser particularmente reflexivo, lo esencial no es tanto el descubrimiento del objeto amoroso como el haberlo elevado a reflejo de la conciencia celeste, de esa luz que emana de las estructuras del cosmos y, por tanto, de la estructura del microcosmos que es todo ser humano. Es el redescubrimiento de la sabidur\u00eda natural la que reanima la armon\u00eda de los ritmos c\u00f3smicos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Al igual que Plat\u00f3n, Gil-Albert resuelve el objeto de placer remitiendo la cuesti\u00f3n del amado a la naturaleza del amor mismo estructurando la relaci\u00f3n amorosa como una relaci\u00f3n con la verdad. Como en la er\u00f3tica socr\u00e1tica, no es la otra mitad de s\u00ed mismo lo que el amante busca en el otro, sino la verdad con la que se emparenta su alma. Se trata de una er\u00f3tica<a href=\"#_edn24\" name=\"_ednref24\">[24]<\/a> que gira alrededor de una ascesis del sujeto y del acceso com\u00fan a la verdad.<\/p>\n<p>La idea capital de las cosmogon\u00edas est\u00e1 constituida por el sacrificio primordial. En las tres obras de la trilog\u00eda, el objeto amoroso es sacrificado de un modo o de otro: Valent\u00edn, por celos; Miguel y Tobeyo, por alejamiento hist\u00f3rico. Como en todo sacrificio, m\u00e1s que aplacar a la divinidad, se busca renovar al hombre mediante la destrucci\u00f3n de todo lo que falsea lo divino, incluso lo \u201cdivino\u201d mismo. El sacrificio augura un nuevo amanecer. El enamorado vuelve a encontrar su centro unific\u00e1ndose a s\u00ed mismo y conformando su yo verdadero. Pero tambi\u00e9n sacrificar lo que se ama es sacrificarse, y podr\u00edamos afirmar que el amante gil-albertiano no sacrifica a su objeto amoroso, es el propio amante quien se sacrifica a s\u00ed mismo en el otro. Sacrificio por el que se libra de su falso ser contenido en lo \u201chumano\u201d y que apunta al espacio en que lo sagrado y lo divino son uno, donde la luz se hace cuerpo. De ello se obtiene una energ\u00eda espiritual proporcional a la importancia de lo perdido. El amor, de este modo, no termina para el sujeto enamorado: es eterno. No se renuncia, entonces, al estado imaginario ni se pierde el lenguaje amoroso. La distancia real del amado posibilita al amante su imagen, a la medida del deseo de este.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Con todo lo anterior, hemos abordado la definici\u00f3n gil-albertiana que abr\u00eda este escrito y que volvemos a retomar, finalmente, para desvelar por fin\u00a0 el discurso amoroso que en ella se fundamenta. \u201cPorque amar, verdaderamente, consiste en centrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d. Se trata, sin duda, de una definici\u00f3n m\u00edtica de experiencia irreductible y de intransferible vivencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 Se define aqu\u00ed el amor a trav\u00e9s de su acci\u00f3n, es decir, desde lo masculino, pero a su vez desde lo imaginario, desde lo m\u00edtico, es decir, desde lo femenino, puesto que, seg\u00fan Barthes, \u201cAmar no existe en infinitivo salvo por artificio metaling\u00fc\u00edstico\u201d<a href=\"#_edn25\" name=\"_ednref25\">[25]<\/a>. Se supone que es el amante quien realiza la acci\u00f3n, pero no es as\u00ed. Es el Cosmos, un Cosmos-Logos, sujeto amoroso y a la vez amado ideal, quien produce esa fuerza de atracci\u00f3n. El amante gil-albertiano la recibe, pasividad que lo feminiza, que no quiere decir que lo afemina, pero es una pasividad no absoluta puesto que centra en alguien la atracci\u00f3n recibida. Y ese \u201calguien\u201d, tambi\u00e9n feminizado, se convierte en el recept\u00e1culo f\u00edsico de la incognoscibilidad del Cosmos-Deidad<a href=\"#_edn26\" name=\"_ednref26\">[26]<\/a>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0En cuanto al Cosmos-Logos, Gil-Albert conecta, consciente o inconscientemente, con la vieja idea del Macantropos, figura compleja y polivalente que, desde el Prajapati v\u00e9dico, ha ido transform\u00e1ndose en las doctrinas tradicionales de Oriente y Occidente, y que Swedenborg<a href=\"#_edn27\" name=\"_ednref27\">[27]<\/a> retom\u00f3 como el Gran Hombre, que es el cielo mismo, el Pleroma, equiparable al concepto de idea del hombre que aparece en Fil\u00f3n de Alejandr\u00eda. Decir, pues, que el cielo es un Gran Hombre es afirmar que el Logos es el que corresponde al hombre y, por tanto, este es el Logos mismo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 \u00a0 A trav\u00e9s de Valent\u00edn, Miguel y Tobeyo, \u201cformas\u201d en las que se refleja el Hombre Arquet\u00edpico como constituyente del mundo espiritual, el amante gil-albertiano, que participa, por la atracci\u00f3n c\u00f3smica, de la configuraci\u00f3n y determinaci\u00f3n esenciales del Ser, del Ser hacia el Existir, se nos presenta como un m\u00edstico existencialista<a href=\"#_edn28\" name=\"_ednref28\">[28]<\/a>. Ha centrado esa fuerza existencial en ese \u201calguien\u201d desconocido, ha hecho de \u00e9l un enigma insoluble y divino donde se anula el juego de la apariencia y el ser. No es otra, pues, la v\u00eda por la que Gil-Albert accede al conocimiento del no conocimiento.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[1] \u201cAmar de veras no es m\u00e1s que concentrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d (<em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, Barcelona, Laia, 1981, p.6) ;\u201cPorque amar, verdaderamente, consiste en eso, centrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d (<em>Valent\u00edn<\/em>, Barcelona, Akal, 1984, p.90); \u201cPorque amar, verdaderamente, no es otra cosa que centrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d (<em>Tobeyo o Del Amor<\/em>, Pre-Textos, 1990, p.42).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[2] J. Gil-Albert: <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, ob. cit., p. 25.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[3] J. Gil-Albert: <em>Tobeyo o Del Amor<\/em>, ob. cit., p.106.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[4] En <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, Gil-Albert se confiesa incondicional del amor: \u201cDesde siempre lo he seguido, porque me eligi\u00f3 entre sus seguidores, me eligi\u00f3 para seguirle, y, equivocado o no, o\u00ed su llamada y he puesto en su persecuci\u00f3n, inagotable, lo que otros en fundir un imperio o en trazar las coordenadas de un sistema planetario espacial; quiero decir con esto que cuanto tuve: todo mi aliento\u201d (Ib\u00eddem, p. 14).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[5]\u00a0 Ib\u00eddem, p. 13.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[6] J. Gil-Albert: <em>Tobeyo<\/em>, ob. cit., p. 106. En esto, Gil-Albert estar\u00eda emparentado a Inmanuel Swedenborg, para quien: \u201cEn lo que concierne al amor y a la sabidur\u00eda, el amor es el fin, la sabidur\u00eda es la causa por la que el amor act\u00faa, y el uso es el efecto\u201d (<em>La sabidur\u00eda ang\u00e9lica sobre el divino amor y la divina sabidur\u00eda<\/em>, San Lorenzo de El Escorial, Swan, 1988, pp. 73-74)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[7] Ib\u00eddem, p. 100.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[8] La estructura de lo real, la existencia del mundo y en el mundo, presupone la separaci\u00f3n de los opuestos y la fragmentaci\u00f3n de la masa unitaria. El mundo comenz\u00f3 a existir tras una ruptura de la unidad primordial. Por el contrario, la existencia del hombre en el cosmos representa situaciones inagotables del ser, un ser libre que se mueve a voluntad, que implica la uni\u00f3n de los contrarios y el misterio de la totalidad, lo que Nicol\u00e1s de Cusa llamaba <em>coincidentia oppositorum<\/em>. Gil-Albert se esfuerza en trascender la existencia profana, desde una perspectiva\u00a0 transubjetiva, para llegar al conocimiento metaf\u00edsico de esa realidad \u00faltima, el ser, la totalidad del yo que se define por la superaci\u00f3n de los opuestos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[9]\u00a0 J. Gil-Albert: <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, ob. cit., p.9.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[10] Ib\u00eddem, pp. 85-86.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[11] J. Gil-Albert: <em>Valent\u00edn<\/em>, ob. cit., pp. 65-66.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[12]\u00a0 Ib\u00eddem, p. 78.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[13]\u00a0 J. Gil-Albert: <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, ob. cit., p.51.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[14]\u00a0 Ib\u00eddem, p. 72.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[15] J. Gil-Albert, <em>Tobeyo o Del Amor<\/em>, ob. cit. p. 11. En el pensamiento m\u00edtico de las primeras civilizaciones, el simbolismo zodiacal asegura el lazo entre el cielo y la tierra, el esp\u00edritu y lo f\u00edsico. Gil-Albert a\u00f1ade aqu\u00ed una nueva cualidad al objeto amoroso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[16] Ib\u00eddem, p.49.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[17] Ib\u00eddem, p.136.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[18] Ib\u00eddem, p.28.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[19] Ib\u00eddem, p.83.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[20] Ib\u00eddem, p.97.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[21] Ib\u00eddem, p.180.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[22] J. Gil-Albert, <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, ob. cit., pp. 94-95.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[23] J. Gil-Albert, \u201cApuntes al borde del abismo, II\u201d, en <em>Glosa, Revista de Filolog\u00eda<\/em>, n. 1, Valencia, 1987.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[24] Es esta una particular er\u00f3tica. En la trilog\u00eda amorosa, el <em>er\u00f3menos<\/em> gil-albetiano no acepta del <em>erast\u00e9s<\/em> una relaci\u00f3n propiamente er\u00f3tica sino de amistad, de <em>philia<\/em>, ese ideal que Jenofonte reconoce en la Esparta de Licurgo (Ver su <em>Rep\u00fablica de los lacedemonios<\/em>, II, 12-15).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[25] Roland Barthes: <em>Fragmentos de un discurso amoroso<\/em>, Madrid, Siglo XXI, 1993, p.234. He aqu\u00ed un nuevo signo, en Gil-Albert, de su posici\u00f3n amorosa. Puesto que ser transportado fuera del lenguaje \u2015\u201damar no existe en infinitivo\u201d\u2015 es salir de la mediocridad, de lo general.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[26] Es este el sentido que Gil-Albert da a sus \u00eddolos, incomprensible sin embargo para ellos, aunque conscientes de ser meros recept\u00e1culos, como lo confiesa Tobeyo: \u201cClaudio am\u00f3, a trav\u00e9s de m\u00ed, algo que no era yo y que no supe nunca lo que era, pero en alg\u00fan momento me olvidaba de ello, y entonces recib\u00eda plenamente, tal como una satisfacci\u00f3n \u00fanica, como si la esplendidez de aquel homenaje me correspondiera (Ob. cit., p.23). La divinidad amada es, parad\u00f3jicamente, humana. Como deidad, es un fantasma muy particular puesto que sabe que lo es, cree en esa realidad que se le asigna y no se sabe parte del sue\u00f1o.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[27] Swedenborg afirma que \u201cDios es el Hombre mismo. En todos los cielos no existe otra idea de Dios que la idea de un Hombre. Esto es as\u00ed porque el cielo, en el todo y en la parte, tiene forma de Hombre\u201d (Ob. cit., p.37).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">[28] En el discurso amoroso gil-albertiano, se tiende a sustituir la esencia y existencia por el amor y la sabidur\u00eda. Tambi\u00e9n podr\u00eda haber hecho suya Gil-Albert la siguiente afirmaci\u00f3n de Swedenborg: \u201cEl amor unido a la sabidur\u00eda en su forma es un hombre, porque Dios, que es el Amor mismo y la Sabidur\u00eda misma, es un Hombre (Ib\u00eddem, p.63). Para Gil-Albert, el principio de individualizaci\u00f3n, del yo, radica en la forma, y, de la intensificaci\u00f3n de esta, depende su condici\u00f3n de m\u00edstico existencialista. En <em>Los Arc\u00e1ngeles<\/em>, se define como \u201cm\u00edstico a lo humano\u201d (Ob. cit., p. 13). Su yo no posee una esencia dada de antemano, sino que va adquiri\u00e9ndola durante su vivir. Y es el amor el factor principal en el proceso gil-albertiano de adquisici\u00f3n de \u201cformas\u201d, del conocimiento.<\/p>\n<p>[\/vc_column_text][\/vc_column][\/vc_row]<\/p>\n<\/div>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Porque amar, verdaderamente, consiste en centrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d. Esta definici\u00f3n lapidaria de la acci\u00f3n amorosa se repite casi id\u00e9ntica en tres novelas de Juan Gil-Albert \u2015Valent\u00edn (1974), Los arc\u00e1ngeles (1981) y Tobeyo o Del Amor (1990)\u2015, y no de un modo fortuito sino como el engranaje ideol\u00f3gico que las conjunta para constituir su trilog\u00eda del amor[1] Aquello que se advierte en la nota liminar de Valent\u00edn puede extenderse tambi\u00e9n a las otras dos obras: lo que se cuenta en ellas se eleva a la categor\u00eda de tratado amoroso.<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[107,108],"tags":[],"class_list":["post-24166","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-literature","category-articles"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v28.0 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>EL CONOCIMIENTO DEL NO CONOCIMIENTO - Pedro Gand\u00eda<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/www.pedro-gandia.com\/en\/el-conocimiento-del-no-conocimiento\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"en_US\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"EL CONOCIMIENTO DEL NO CONOCIMIENTO - Pedro Gand\u00eda\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"Porque amar, verdaderamente, consiste en centrar en alguien la atracci\u00f3n del cosmos\u201d. 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